Archivo para December, 2008

Dec
18
Archivado en (Sin catalogar) por admin on 25-04-2007

Recojo esta interesante historia de Joel Sangronis Padrón (Profesor de la UNERM) que he visto en Portal del Medio Ambiente

El Saladillo y su arquitectura ecológica.

Tengo grabado en lo más profundo de las memorias de mi niñez las
visitas que una vez al mes realizaba en compañía de mis padres a una anciana
tía abuela materna que vivía en el maracaiberísimo barrio de El Saladillo. La
casa donde ella residía poseía, como todas las de la zona, una hermosa
fachada alargada hacia el cielo y pintada con brillantes colores que
conformaban, en conjunto con los demás, un mosaico iridiscente de luces y
tonalidades caribeñas. He tenido la suerte de visitar una buena cantidad de
ciudades coloniales ubicadas en las riberas de nuestro “mare nostrun”, tales
como Cartagena de Indias, Puerto Cabello, San Juan de Puerto Rico y Santa
Marta, y creo que ninguna de ellas posee la riqueza expresiva de la
arquitectura caribeña que poseía el viejo casco marabino destruido por la
avaricia de los amos del lago y de los virreyes que ejercieron el poder en el
Zulia en el primer  gobierno del democratacristiano Rafael Caldera.
Estas casas poseían la característica de que al ser de fachadas muy
altas y estar ubicadas en calles muy estrechas, cada hilera protegía de los
rayos solares a las ubicadas en la hilera del frente. Para su construcción, los
maestros de obras y albañiles de antaño utilizaban una mezcla denominada
“mezcla real”, constituida por arena del lago, cal, piedra picada, barro, y hebras
de la concha del coco
. Los techos eran fabricados con vigas de Vera, y Curarí
o Curarire, de una dureza y resistencia legendarias; se cubría esta armazón
con varas de caña brava fuertemente amarradas entre si y por último se
tapizaba el techo con paja de enea o con tejas.
La apreciable altura del techo, aunada a la altísima capacidad aislante
de los materiales integrantes del techado, impedían que el calor generado por
los rayos solares, muy fuertes en esa zona de Venezuela, afectaran el interior
de las viviendas.
Las paredes de estas casas eran de un grosor apreciable, mucho más
anchas de lo que se necesitaba para sostener la construcción, tal y como aun
se puede apreciar en las casas de la calle Carabobo de la ciudad de
Maracaibo. Las paredes así construidas eran a la vez aislantes y acumuladores
térmicos
, de modo tal que durante las horas cálidas del día el flujo de calor del
exterior hacia el interior de las casas se retardaba y en las noches las casas
recibían la calidez  acumulada durante el día para defenderse del viento que
soplaba desde el lago y que enfriaba mucho el ambiente.
El barrio El Saladillo fue ordenado de manera tal que la entrada a sus
calles estaba de frente al lago, con la avenida El Milagro de por medio, por lo
que siempre recibía los vientos que soplaban desde el espacio lacustre hacia la
ciudad. Reza un principio físico que toda masa gaseosa al pasar por un cuerpo
estrecho se acelera y se enfría; la brisa proveniente del lago al introducirse por
las estrechas calles saladilleras, ventilaba y refrescaba todo el sector, pero
como la mayoría de las casas poseían un zaguán (pasadizo estrecho que
comunica la calle con el interior de la vivienda), con apenas una media puerta
al final del pasillo de entrada, esta misma brisa se aceleraba y enfriaba de
nuevo al introducirse en cada casa y refrescaba y ventilaba aun más los
hogares saladilleros.
La mayor parte de estas casas poseen un patio interior relativamente
estrecho para que no recibiera demasiada luz del Sol y se mantuvieran fresco;
en dicho patio se mantenían fuentes o espejos de agua con abundantes
plantas a su alrededor, que cumplían a la vez una función ornamental y
climatizadora, ya que el agua absorbe calor al evaporarse de la misma forma
en que la evapotranspiración de las plantas refresca el aire que las circunda,
creando un microclima fresco; como las habitaciones de las viviendas en su
mayoría daban hacia este patio interior, este microclima se trasladaba hacia
estas habitaciones.
Los grandes ventanales que daban hacia el exterior sobresalían un poco
de la fachada exterior de la casa, permitiendo también la entrada de aire a las
viviendas  a la vez que posibilitaba a nuestras abuelas sentarse en el pequeño
repiso interior que formaba la base del ventanal a recibir serenatas o a sus
enamorados.
Estas grandes ventanas poseían casi siempre una celosía (una delgada
pieza de madera con multitud de agujeros en forma de arabescos)  que servia
para impedir las miradas del exterior hacia la intimidad del hogar, pero también
servia para aumentar la superficie de contacto con el aire y así contribuir a
refrescar el que ingresaba hacia  el interior de la casa.
Todos estos principios básicos de arquitectura e ingeniería ambiental,
que nuestros abuelos conocieron y aplicaron en forma tan racional, al aparecer
han sido olvidados por los modernos profesionales de la arquitectura y la
ingeniería de la construcción. Las orillas del lago han sido saturadas de
edificios que cortan la circulación del viento hacia la ciudad, contribuyendo
enormemente a su recalentamiento.
Las modernas “quinticas” de nuestras urbanizaciones populares y
algunas de clase media, parecen haber sido diseñadas en nuestro trópico por
discípulos del Marqués de Sade, con techos apenas sobre las cabezas de
quienes allí viven (efecto de horno de microondas), sin consideraciones acerca
de las corrientes de aire que por la zona puedan soplar y con materiales sin
ningún tipo de cualidades aislantes, lo que conlleva a que sus habitantes
instalen aparatos de aire acondicionado para poder hacer habitable la vivienda,
lanzando hacia sus vecinos el calor que generan dichos aparatos, pero como
sus vecinos han hecho exactamente lo mismo, cada casa se transforma en un
emisor y a la vez receptor de enormes cantidades de calor, traduciéndose esto
en astronómicos recibos de energía eléctrica y en una ciudad con un clima
cada vez mas caluroso y asfixiante.
Ojala que algún día podamos ver como la arquitectura de nuestros
países vuelve a reconciliarse con su entorno y con las personas para quienes
debería haber sido creada.

Joel Sangronis Padrón
Profesor de la UNERMB

joelsanp@hotmail.com